El pan crece lentamente cuando el frío ronda la cocina, y por eso se amasa con paciencia y conversación. Quinoa, cebada y otros granos guardianes entran en sopas espesas que devuelven color a las mejillas. Las abuelas saben cuándo apagar el horno escuchando el sonido hueco de la corteza. Quien visita aprende que cada miga guarda una estación entera, y que compartir la última rebanada en la madrugada puede significar amistad duradera y promesa de ayuda cuando arrecia la ventisca.
Infusiones de hierbas de altura, leche espumosa batida con paciencia y fermentos suaves acompañan veladas y cantos. Un sorbo abre la garganta para entonar mejor, otro engrasa la risa que espanta cansancios viejos. Las tazas pasan de mano en mano como pequeños braseros de confianza. En los descansos, alguien recuerda cómo un té oportuno salvó a un caminante perdido, y la historia queda unida a la receta. Así, cada trago es abrazo, y cada aroma, un camino de regreso seguro.
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