Un cuenco que salvó una tarde de tormenta
Mientras la lluvia golpeaba el techo, una ceramista nos enseñó a tornear sin pelear con el barro. Repetimos gestos hasta que un cuenco sencillo apareció, estable, honesto. Ella sirvió sopa caliente y brindamos con cucharas de madera. A veces, dijo, lo humilde sostiene todo un día. Aquella pieza, imperfecta y útil, viajó en la mochila como talismán. Nos recordó que el aprendizaje valioso no siempre luce brillante: calienta, reúne, y te devuelve al trabajo con calma apreciada.